La cultura
africana diluida en la formación de la cultura brasileña incluye un vasto
conjunto de ítem que abarcan la lengua, la culinaria, la música y diversas
artes, además de valores sociales, representaciones míticas y concepciones
religiosas, conservadas no sólo a partir de una matriz africana única, sino de
varios, de múltiples orígenes, provenientes de diferentes pueblos africanos.
Fuera del campo religioso, ninguna de las instituciones culturales africanas
logró, en ese ínterin, sobrevivir con sus estructuras propias. Por el
contrario, cada contribución es el resultado de un largo y lento proceso de
disolución y extinción étnica a tal punto que, ante una determinada marca
cultural, incluso pudiendo reconocer en ella un origen africano genérico, es difícil,
y hasta a veces imposible, identificar al pueblo o a la nación de la cual
proviene. Todo es simplemente África, perdidas las diferencias y
especificidades. Más que eso, los propios afro descendientes, por no conocer su
propio origen, ni sabiendo si sus antepasados eran bantu o sudaneses — los dos
grandes grupos étnico-lingüísticos de nuestra formación africana —, tampoco
pueden identificar los orígenes de los aspectos culturales, como si la cultura
brasileña como un todo, al apropiarse de ellos, hubiese borrado las fuentes. La
memoria que se tiene de África es vaga, genérica, indefinida.
Aunque la identidad étnica de negros esclavos y negros libres se haya
preservado hasta fines del siglo XIX, sobretodo entre los que habían llegado de
África desde hacía menos tiempo y que estaban organizados en congregaciones
católicas, con la formación de la sociedad de clases, ya bajo la República,
cada vez más las organizaciones de corte estamental étnico fueron perdiendo el
sentido, y aspectos de las culturas africanas fueron siendo absorbidos del
mismo modo cada vez más por la cultura nacional, la cual es primordialmente
blanca, europea y cristiana. Aunque en muchos aspectos, sobretodo en el campo
de las artes, podamos identificar a fines del siglo XIX y a comienzos del siglo
XX manifestaciones culturales característicamente negras, su supervivencia
dependía de su capacidad de ser absorbida por la cultura blanca. Es el caso por
ejemplo de la música popular brasileña, en la cual los ritmos y estructuras
melódicas de origen africano sobrevivieron en la medida en que pasaron a
interesar a los compositores blancos y a los consumidores de la cultura blanca.
Así el lundu negro abría camino al choro blanco; la música de los candomblés de
los negros pobres suministraba la matriz para el samba nacional de las clases
medias. En otras palabras, la preservación de aquello que es africano requería
destruir o disfrazar precisamente el origen y la marca negra, en un proceso de
blanqueo que alcanzó a todas las áreas, y del cual la umbanda es el ejemplo
emblemático en el ámbito de la religión, y que sólo fue revertido en forma
limitada a partir de los años 60, cuando por el contrario, el pluralismo
cultural y la valorización de los orígenes étnicos pasaron a constituir la
orientación de los productores y consumidores culturales, en un movimiento de
contorno cultural que fue bastante expresivo en Brasil.
Aproximadamente a mediados del siglo XIX, con la presencia de esclavos, negros
libertos y sus descendientes en las grandes ciudades, cuando la población negra
conoció mayores posibilidades de integración entre sí, con mayor libertad de
movimiento y mayor capacidad de organización, dado que incluso el esclavo ya no
estaba preso en el domicilio del señor — negro de ganho que era entonces —,
pudiendo congregarse en residencias colectivas concentradas en barrios urbanos
donde estaba su mercado de trabajo, y viviendo con sus pares, en una época en
que tradiciones y lenguas traídas de África estaban vivas en virtud de la
reciente llegada, se creó en Brasil lo que tal vez sea la reconstrucción
cultural más bien acabada del negro en Brasil, capaz de preservarse hasta en la
actualidad: la religión afro brasileña.
En las diferentes grandes ciudades del siglo XIX surgieron grupos que recreaban
en Brasil cultos religiosos que reproducían no sólo la religión africana, sino
también otros aspectos de su cultura en África. Los creadores de esas
religiones fueron negros de etnias nagôs o iorubás, especialmente los de las
ciudades y regiones de Oyó, Lagos, Ketu, Ijexá y Egbá, y los de los pueblos
fons, aquí llamados jejes, sobretodo los mahis y los daomeanos. Florecieron en
Bahía, Pernambuco, Alagoas, Maranhão, Río Grande do Sul y, secundariamente, en
Río de Janeiro. Aunque haya también surgido y se haya mantenido una religión
equivalente por iniciativa de negros bantos, la modalidad banta recuerda mucho
más a una adaptación de las religiones sudanesas que propiamente a cultos del
África meridional, tanto en relación con el conjunto de divinidades como en
función de las ceremonias y procesos de iniciación.
La religión negra, que en Bahía se llamó candomblé, en Pernambuco y Alagoas,
xangô, en Maranhão, tambor-de-mina y en Rio Grande do Sul, batuque, fue
organizada en grupos de "naciones", o "naciones de candomblé"
(Lima, 1984), como es sabido, en cada una de ellas la nación africana que la
identifica es responsable de la mayoría de sus elementos, aunque hay gran
intercambio de elementos entre ellas, resultado de los contactos entre naciones
en Brasil e incluso anteriormente en África. En Bahía surgieron los candomblés
ketu e ijexá y más recientemente el efã, todos de origen marcadamente nagô o
iorubá, además de un candomblé de culto a los ancestros, el candomblé de
egungum. También es de Bahía el candomblé jeje o jeje-mahi, mientras que en
Maranhão el tambor denominado mina-jeje dependió más de tradiciones de los
jejes daomeanos, allí también se fue creando la denominación mina-nagô, de
predominio iorubá. En Pernambuco sobrevivió la recreación de la nación ebgá,
también llamada nagô, y en Río Grande do Sul, las naciones iorubanas oyó e
ijexá. En Alagoas se creó un culto de nación xambá, igualmente nagô, hoy
prácticamente extinguida. En Bahía, como en otros lugares, tuvimos la formación
de los candomblés bantos, con tres referencias básicas: candomblé angola, congo
y cabinda, pero sólo las dimensiones de la lengua ritual y de la música parecen
ser su marca de identidad, puesto que sus dioses son los orixás de los nagôs y
sus ritos siguen los de los candomblés nagôs y jejes.
Como dije antes, la religión negra que se reorganizó en Bahía y otros lugares,
es una reconstrucción no sólo de la religión africana, sino también de muchos
otros aspectos culturales del África original, una memoria cultural. Tomemos el
candomblé ketu, que inclusive sirve de modelo a los demás. Primero, se
reorganizó en el plano de la religión la comunidad africana perdida en la
Diáspora, creándose a través del grupo religioso relaciones de jerarquía,
subordinación y lealtad basadas en los patrones familiares y de parentesco
existentes en África, haciéndose de la familia-de-santo, la comunidad de culto,
una especie de miniatura simbólica de la familia iorubá.
Los iorubás tradicionales son poligínicos, con familia grande habitando
residencias colectivas formadas por cuartos y departamentos contiguos, los
compounds, rindiendo culto a los dioses, los orixás, que son particulares para
cada familia, ciudad y región (Fadipe, 1970). El jefe vive con su mujer
principal y los hijos de ella en los aposentos principales y las demás esposas
viven con sus hijos, ocupando cada una cuartos separados. Las áreas comunes
están reservadas para cocina, ocio, trabajo artesanal y almacenamiento. La
familia rinde culto al orixá del jefe masculino, divinidad ancestral que él
hereda por línea paterna, y que es el orixá principal de todos los hijos. Cada
esposa rinde culto también al orixá de la familia de su padre, que es el
segundo orixá de sus hijos. Así, los hermanos deben rendir culto al orixá del
padre, que es el mismo para todos, y al orixá de la madre, que puede ser
diferente de acuerdo con la herencia materna. Como los iorubás creen que
descienden de sus orixás, el origen de cada individuo no es necesariamente el
mismo. Un compound es así una reunión de diferentes cultos, cada uno con sus
ceremonias, mitos y tabúes. Hay un dios general y dioses particulares alabados
en las casas de las diferentes esposas. La familia también tiene como culto
común la devoción a Exu, orixá trickster que establece la comunicación entre
los diferentes planos y personajes de este mundo y del mundo paralelo de los
dioses y espíritus. También se rinde culto a los orixás que protegen la ciudad,
en general orixás de la familia del rey, los orixás del mercado, centro
económico y de sociabilidad de la ciudad, y otros que pueden ser adoptados por
libre elección de cada uno. El jefe de la familia es el jefe del culto del
orixá principal, iniciándose, entre miembros de la familia, a los sacerdotes
que deben recibir a la divinidad en trance ritual durante las grandes
celebraciones festivas. Lo mismo ocurre con respecto a los orixás secundarios,
los de las esposas. El culto al orixá de la adivinación, llamado Orunmilá o
Ifá, es practicado fuera del ámbito familiar, por una congregación de sacerdotes
llamados babalaôs, encargados de, a través de prácticas adivinatorias, leer e
interpretar el futuro de las personas, conocer el designio de los dioses,
prescribir los sacrificios propiciatorios a los orixás. La adivinación del
babalaô es practicada a través de la interpretación de un enorme acervo de
mitos (sus instrumentos adivinatorios seleccionan los mitos a ser interpretados
en cada consulta al oráculo), mitos que él aprende durante la iniciación y que
explican al iorubá su mundo, la vida, la muerte, la acción de los dioses y todo
lo demás que existe, y que suministran e inspiran los valores y las normas de
la sociedad iorubana. Otra sociedad que abarca toda la ciudad, a veces más de
una, es la que se dedica al culto de los ancestros fundadores de la ciudad, los
egunguns, culto estrictamente masculino, responsable de la administración de la
justicia en el plano de las relaciones comunitarias. A esta organización
religiosa que rinde culto a los fundadores y héroes humanos, se contrapone
otra, la sociedad Geledé, que conmemora los ancestros femeninos, las grandes
madres. La religión de todos los días, de todas maneras, es la religión
familiar, no se separan religión y familia en la vida cotidiana.
El candomblé, creación brasileña, se estructuró como esta familia iorubá. El
grupo de culto es dirigido por un jefe, masculino o femenino con autoridad
máxima, y el orixá del fundador del grupo es el orixá común de aquella
comunidad, para el cual es erigido el templo principal. Los templos
secundarios, denominados casas o cuartos-de-santo son construidos para cada uno
de los orixás o familias de orixás alabados por el grupo. La jerarquía
reproduce la de la familia iorubá, debiendo los miembros más jóvenes respeto y
sumisión a los más viejos, a cuyos pies se postran en alabanza, como hacen los
hijos iorubanos para con los más viejos y como hace todo iorubá en respeto a
las autoridades. Se supone que los más jóvenes deben aprender de los más
viejos, transmitiéndose el conocimiento religioso por medio de la palabra no escrita.
La jerarquía ahora es regulada no por la edad, sino por el tiempo de
iniciación, puesto que la inclusión en la familia (religiosa) se hace por libre
adhesión y no por nacimiento. Las mujeres viejas, vale decir, iniciadas desde
hace más tiempo (y en Brasil el séptimo año de iniciación consiguió el estatuto
del año que marca el señorío) se llaman entre sí como egbômi, que en iorubá
significa "mi hermana mayor" y es nada más que el tratamiento que las
esposas más antiguas, y por consiguiente más importantes, del jefe usan entre
sí. La recién iniciada es llamada iaô, o joven esposa, novia, que es como las
esposas más viejas llaman a las más jóvenes. Claro que, con el pasar del
tiempo, esas denominaciones reservadas a las mujeres pasaron también a ser usadas
para los iniciados masculinos. Además de las prácticas iniciales, como el
rasuración de la cabeza que marca el ingreso de las niñas a la pubertad, el uso
de incisiones en la piel indicativas de origen tribal y familiar (los aberês
del candomblé
, costumbres de lo cotidiano familiar africano fueron igualmente
incorporadas en Brasil a la religión, como fundamento sagrado que no debe ser
cambiado: dormir en estera, comer con la mano, postrarse para saludar a los más
viejos, mantenerse con la cabeza baja frente a las autoridades, bailar
descalzo, etc.
El candomblé reprodujo en la religión puestos de mando del gobierno de las
ciudades. El consejo del rey de Oyó, ciudad de Xangô, inspiró la creación del
consejo de los obás o mogbás en terreiros de este orixá. El general balogun se
transformó en cargo de alta jerarquía, en el culto a Ogum. Las mujeres
encargadas de administrar el abastecimiento material de la corte del rey
inspiraron a las ialodês de los candomblés. La mujer encargada de velar por el
culto a Xangô en el palacio del rey de Oyó, y por eso mismo llamada Ekeji
Orixá, que significa la segunda persona del orixá, fue ciertamente el modelo
del cargo de las equédis, que son las mujeres que no entran en trance y que
visten y bailan con los orixás, incorporados en sus sacerdotisas y sacerdotes.
El candomblé que se formó en Brasil fue, pues, más que la reconstrucción de la
religión. No siendo la religión africana una esfera autónoma en relación con
las demás que forman la sociedad tradicional, para que ella fuese comprensible
en Brasil, muchos otros aspectos de la sociedad africana tuvieron que ser aquí
reconstruidos, por lo menos simbólicamente, dado que en Brasil las estructuras
familiares y societarias africanas estaban completamente ausentes, sustituidas,
incluso en el caso del esclavo, por los patrones íbero-brasileños. Eso
evidentemente acarreó muchos cambios. Con la destrucción de la familia africana
en Brasil, se pierden para siempre los linajes y las estructuras de parentesco,
la identidad sagrada no puede más ser basada en la idea de que cada ser humano
desciende de una divinidad a través de un linaje biológico. Esa herencia,
basada en la familia de sangre, fue substituida por una concepción de linajes
mítico-espirituales. Se continuó creyendo que cada individuo desciende de un
orixá, que es considerado su padre y a quien debe culto, pero ahora eso no
depende de la familia biológica, y el orixá de cada uno sólo puede ser revelado
a través del oráculo del jogo-de búzios (juego de caracoles), que en Brasil es
prerrogativa de los jefes de culto, las mães y los pais-de-santo. Pero se
mantuvo la idea de un segundo orixá rigiendo al individuo, el adjunto o juntó,
que en África era el de la madre biológica y que aquí es identificado también
por medio del oráculo.
A través de la religión, como señaló Roger Bastide (1975), se recreó en Brasil,
con las inevitables adaptaciones, un África simbólica que fue, durante por lo
menos un siglo, la más completa referencia cultural para el negro brasileño.
Como institución ahora de la sociedad brasileña, funcionó como una especie de
isla a la cual el negro podía retirarse periódicamente en un refugio idílico
capaz de atenuar, ¿quién sabe?, las asperezas de la vida cotidiana en la
sociedad blanca que lo incluía. Cuando el tráfico negrero cesó, e
inmediatamente después la esclavitud llegó al final, se inició el lento e
inconcluso proceso de integración del negro a la sociedad de clases entonces en
formación. El candomblé como reunión de negros originarios y descendientes de
determinadas etnias o naciones africanas fue dejando de ser comprensible. Las
nuevas adhesiones de los negros, la mayoría ya nacida brasileña, a las
diferentes naciones de candomblé,dejaron de ser orientadas por su origen étnico
y pasaron a constituirse en una elección personal, teniendo peso en la decisión
las simpatías por el jefe del grupo, el conocimiento y amistad de los adeptos,
localización del terreiro, etc. De todos modos, a comienzos del siglo XX,
definitivamente la escisión ya no era más étnica. Así como el negro olvidó su
origen y la lengua de sus padres y abuelos, el candomblé también olvidó el
significado de las palabras y la sintaxis de sus lenguas sagradas. Aunque los
cánticos y rezos hayan sido preservados en las lenguas originales, modificadas
y adulteradas, evidentemente para cada generación, las diversas lenguas del
candomblé dejaron de ser lenguas de comunicación, para ser lenguas rituales
intraducibles. Los mitos de origen de los cuales hablan los cánticos sagrados
fueron igualmente en gran parte olvidados, la memoria ancestral fue dejando de
reafirmar las verdades originales antiguas para dar a luz a nuevos asuntos,
impuestos por el imperativo de vivir en un mundo contemporáneo en constante
transformación.
La reconstrucción de la cultura religiosa africana en Brasil fue orientada, no
sin que ocurrieran cambios y pérdidas, por un proceso que dejaba entrever el
hecho de dar sentido a la memoria y a la identidad del negro en la diáspora.
Para los iorubás y otros pueblos africanos, antes del contacto con la cultura
europea, el tiempo es cíclico, no lineal, no histórico. El presente es nada más
que una repetición del pasado, de algo que ya sucedió y es conocido. Esos
acontecimientos del pasado están vivos en los mitos, que hablan de grandes
aventuras, actos heroicos, descubrimientos y todo tipo de eventos de los cuales
la vida presente sería una repetición continua. El mito habla del pasado remoto
que explica la vida en el presente. El tiempo mítico es sólo el pasado
distante, donde está la verdad del presente. El tiempo del mito es el tiempo de
los orígenes (Prandi, 2001).
Ese pasado remoto, de narrativa mítica, es colectivo y habla del pueblo como un
todo. Pasado de generación en generación, por medio de la oralidad, es él el
que da el sentido general de la vida a todos y suministra la identidad grupal y
los valores y normas esenciales para la acción en aquella sociedad,
confundiéndose totalmente con la religión. El tiempo cíclico es el tiempo de la
naturaleza, el tiempo reversible y también el tiempo de la memoria, que no se
pierde, sino que se restituye. El tiempo de la historia, en contrapartida, es
el tiempo irreversible, un tiempo que no se enlaza con la eternidad, ni con el
eterno retorno (Prigogine, 1991: 59). El tiempo del mito y el tiempo de la
memoria describen un mismo movimiento de reposición: sale del presente, va
hacia el pasado y vuelve al presente – no hay futuro tal como lo concebimos en
Occidente. La religión es la ritualización de esa memoria, de ese tiempo
cíclico, o sea, la representación en el presente, a través de símbolos y
puestas en escena ritualizadas, de ese pasado que garantiza la identidad del
grupo – ¿quiénes somos, de dónde vinimos, hacia dónde vamos? Es el tiempo de la
tradición, del no cambio, tiempo de la religión, la religión como fuente de
identidad que reitera en lo cotidiano la memoria ancestral. En el candomblé,
emblemáticamente, cuando el filho-de-santo entra en trance e incorpora un
orixá, asumiendo su identidad representada por la danza característica que
recuerda las aventuras míticas de esa divinidad, es el pasado remoto,
colectivo, el mito, que aflora en el presente para mostrarse vivo, el trance
ritual repitiendo el pasado en el presente, en una representación en carne y
hueso de la memoria colectiva.
El mito, ahora en Brasil, como elemento constitutivo de la religión afro
brasileña, debe ser comprensible no sólo exclusivamente para el negro y todo
afro descendiente, sino también para el blanco que adhiere a la religión de los
orixás. No está más referido a un pasado genealógico, consanguíneo, que
identifica y legitima cada tronco familiar, como en África, sino que enlaza
espiritualmente a cada miembro de la religión, independiente de su origen
étnico, a uno de los antepasados que forman el panteón de las divinidades
alabadas en suelo brasileño: los orixás Exu, Ogum, Oxóssi, Ossaim, Omulu, Nanã,
Oxumarê, Euá, Xangô, Obá, Iansã, Oxum, Logum Edé, Iemanjá, Odudua, Oxaguiã,
Oxalá. El candomblé, que es brasileño, enseña que cada ser humano desciende de
uno de esos dioses, independientemente de su origen familiar, étnico, racial o
geográfico. Los orixás son ahora divinidades universales.
Así el candomblé fue dejando de ser fuente de memoria e identidad del negro.
Traspuesta la primera mitad del siglo XX, la posibilidad de ser elegido el
candomblé como religión, dejó de ser prerrogativa del negro, abriéndose la
religión afro brasileña a todos los brasileños de todos los orígenes étnicos y
raciales. La sociedad blanca, que a comienzos del siglo había creado una
versión más blanqueada del candomblé, la umbanda, prendió entonces, en otro
movimiento de inclusión, aquella que durante un siglo había sido la religión de
los negros. Ya estábamos en la sociedad de masa y el candomblé sería el gran
depósito de la cultura brasileña más cercana aÁfrica.
A fines de los años 60 y comienzos de los 70 se inició junto a las clases
medias importante actividad de recuperación de nuestras raíces culturales,
reflejo de un movimiento cultural mucho más amplio, que, en Estados Unidos y en
Europa, y de allí a Brasil, cuestionaba las verdades de la civilización
occidental, el conocimiento universitario tradicional, la superioridad de los
patrones burgueses vigentes, los valores estéticos europeos, volviéndose a las
culturas tradicionales, sobre todo las de Oriente, y buscando nuevos sentidos
en las viejas subjetividades, en valores olvidados y escondidas formas de
expresión. En Brasil se efectuó un gran retorno a Bahía, con el
redescubrimiento de sus ritmos, sus sabores culinarios y toda la cultura de los
candomblés. Las artes brasileñas en general (música, cine, teatro, danza,
literatura, artes plásticas) ganan nuevas referencias, el turismo de las clases
medias del Sudeste eligió un nuevo flujo en dirección a Salvador e demás puntos
del Nordeste (Prandi, 1991, 1996). El candomblé se expandió muy rápidamente por
todo el país, dejando de ser una religión exclusiva de negros; la música
bahiana de inspiración negra se convirtió en consumo nacional; la comida
bahiana, que no era otra cosa que comida votiva ofrecida a los orixás en los
terreiros, fue a todas las mesas, y así prosperó.
Si aspectos de origen africano componían la cultura brasileña en las más
diversas áreas, con el movimiento de los años 60 y 70 ocurrió todo un redimensionamiento
de la herencia negra, con lo cual aquello que antes era tratado como exótico,
diferente, primitivo, pasó a ser incorporado como habitual, cercano,
contemporáneo. La propia música popular incorporó al viejo y sucesivamente
blanqueado samba, nuevos golpes, pero cercanos a la percusión de los terreiros
del candomblé. Las escuelas de samba del carnaval no se cansan de hacer
desfilar a los orixás en la avenida. La televisión, en las noticias y en la
ficción, sobre todo en las novelas, no consigue dejar de lado referencias
constantes a los dioses de los terreiros, al jogo-de-búzios, a los pais y
mães-de-santo, sean ellos presentados como auténticos o falsos. La cultura de
una minoría ahora ya es consumo de todos.
La valorización de la cultura negra en Brasil sobrevino juntamente con la
formación de los movimientos de minorías, entre los cuales el movimiento negro,
en sus más diferentes manifestaciones, intensificó a los afro descendientes la
cuestión del origen y de la identidad. Después de siglos de integración,
mestizaje y blanqueo (físico y cultural), sectores de las poblaciones negras y
mestizas cuestionan y son cuestionados sobre su origen africano y afro
descendiente. Mientras intelectuales y artistas no identificados con una causa
negra tratan, de manera general, de incorporar y diluiral África brasileña en
un arte y en un discurso de corte universal, surgen aquellos interesados
justamente en lo contrario: delinear el origen negro como origen suyo, haciendo
de la creación artística documento de la propia identidad.
Pero el negro, obligado a incorporarse a una cultura nacional, europea, blanca
y cristiana, sin la cual no era posible sobrevivir — y el sincretismo católico
de las religiones afro brasileñas es la demostración emblemática de esa obligatoriedad
de ser brasileño y por consiguiente católico, incluso cuando se es africano y
se alaban los orixás, voduns e inquices — pues bien, ese negro olvidó su
origen. Ya no es capaz de saber de dónde vinieron sus ancestros, si eran de esa
o de aquella tribu o ciudad, qué lengua hablaban, ni incluso sabe si eran
bantos o sudaneses.
La superioridad numérica de los negros iorubás en Salvador del siglo XIX
transformó su lengua, el iorubá, en una lengua común de los negros esclavos y
libertos de los más diferentes orígenes étnicos que convivían en la ciudad.
Cuando los diferentes grupos organizaron su religión en Bahía, fueron
candomblés nagôs, con muchas contribuciones rituales de los jejes, que mejor
consiguieron imponerse como modelo de culto, de tal modo que sus dioses, los
orixás, acabaron ganando relevancia, primero local y después nacional, capaz de
opacar la presencia de los voduns de los jejes y de los inquices de los bantos.
Mientras los orixás pasaron a ser reconocidos como las auténticas divinidades
africanas, sobre todo con el surgimiento de la umbanda, que los diseminó por
todo el país, los voduns quedaron limitados a unos pocos templos de Salvador y
ciudades del Recôncavo y completamente escondidos del resto do país en los
templos de Maranhão. Los inquices bantos desde largo tiempo habían sido
sustituidos por los orixás y encantados caboclos. Como si todo lo que es negro
remitiese a los pueblos nagôs, como si todos los dioses africanos fuesen
orixás.
El ensayista y poeta norteamericano Steven White, analizando la poesía
producida en los últimos quince años por poetas brasileños negros, como Estevão
Maya-Maya, Oliveira Silveira, Edimilson de Almeida Pereira, Ricardo Aleixo y
Lepe Correia, entre otros, muestra perfectamente cómo la búsqueda de una
identidad negra, africana, de origen, acaba remitiendo a la necesidad de que se
reinvente un pasado a través de la religión que se profesa hoy, y que es la
fuente brasileña por excelencia de la memoria de los orígenes africanos (White,
1999). La religión tradicional, reconstruida de este lado del Atlántico, pasa a
ser fuente de memoria creada del presente para el pasado, en un camino inverso.
El proceso de elaboración de ese pasado mítico va a beber en las propias
tradiciones corrientes que brotan de las instituciones religiosas negras más
vivas en el escenario cultural del país, y la identidad se define a partir de
un origen idealizado, que el poeta adopta como suyo. La reconstrucción del
pasado que orienta la construcción de la identidad se hace así a partir de la
cultura brasileña y no del verdadero y perdido origen étnico, familiar y, en
última instancia, racial.
Incluso cuando el negro se expresa para afirmar su negritud, su condición
africana, no le resta a él más que hacerlo como brasileño. Aunque el pasado
ancestral perdido sea África pluriétnica, multicultural, el pasado recuperable
es aquél que Brasil logró incorporar en la construcción de una nueva
civilización, pasado que sólo puede ser reinventado, memoria recreada. Entre el
Brasil contemporáneo y la vieja África, como así también la antigua Europa y
las perdidas civilizaciones indígenas, se sitúa nuestra propia historia, lo
cual nos impide o auxilia en el reencuentro de nuestro punto, en las
sinuosidades de la civilización que ella misma engendró. La recuperación del
pasado ancestral, que hoy ya no es comprensible en su totalidad, nos hace
elaborar la memoria restablecida con las insignias míticas que emergen en el
presente. Del Brasil de hoy se hace el África de ayer, África simbólica que es
memoria e identidad posible de los afro brasileños.
Bastide, Roger. As religiões africanas no Brasil. São Paulo, Pioneira, 1975.
Fadipe, N. A, The Sociology of
the Yoruba. Ibadan, Ibadan University Press, 1970.
Lima, Vivaldo da Costa et alii. Encontro de nações de candomblé. Salvador,
CEAO/UFBa e Inamá, 1984.
Prandi, Reginaldo. Os candomblés de São Paulo: a velha magia na metrópole nova.
São Paulo, Hucitec e Edusp, 1991.
Herdeiras do axé: sociologia das religiões afro-brasileiras. São Paulo, Hucitec,
1996.
Mitologia dos orixás. São Paulo, Companhia das Letras, 2001.
White, Steven F. A reinvenção de um passado sagrado na poesia afro-brasileira
contemporânea. Estudos Afro-Asiáticos, Rio de Janeiro, nº 35, pp. 97-110, julho
de 1999.
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